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Desde luego que, si acabamos comiéndonos nuestro propio CO2, más de uno dirá que es el karma que nos devuelve la jugarreta que llevamos 200 años gastándole al planeta Tierra. 

 

Pues esto es, justamente, lo que están buscando dos científicos de la Universidad de Berkley, que desarrollan una tecnología capaz de convertir el carbono del aire en carne de laboratorio con la ayuda de una bacteria.

 

La industria agropecuaria es responsable de un cuarto de las emisiones mundiales de carbono, más incluso que el transporte, y es precisamente la ganadería -y la producción de piensos para este ganado- la mayor emisora del sector alimentación.

 

Por este motivo, hay muchas personas que han dejado de comer carne totalmente, aunque a nivel mundial el consumo de productos cárnicos no deja de crecer: en 2021 el planeta masticó 386 millones de toneladas de bistecs. 

 

El principal motivo de la subida es, como en casi todo lo concerniente a las emisiones de carbono, el ascenso a la clase media de millones y millones de personas en países como Brasil, China, India o Suráfrica. 

 

La legítima aspiración de estas gentes de replicar el modelo social y económico que hemos disfrutado en Europa o EEUU el último medio siglo es la que, a la postre, nos aleja cada día más de ser un planeta sostenible. Eso, y como es obvio, el estilo de vida al que seguimos sin renunciar en occidente. 

 

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Para 2050, la población mundial habrá subido otro 20% hasta alcanzar los 10.000 millones de personas. Si mucho antes no se ha conseguido reducir drásticamente nuestra dependencia de la industria cárnica tradicional, la solución al cambio climático estará todavía más lejos que hoy.

 

Parte de esa solución podría ser comernos nuestro carbono, gracias a una vieja idea de la NASA que desarrollan Lisa Dyson y John Reed. Cuando en los 60 la carrera espacial parecía que iba a llevar al ser humano a los confines del espacio en pocos años, se especuló con producir comida a través del CO2 que exhalan los astronautas. 

 

“Empezamos a desarrollar la idea justo donde se había quedado unas décadas atrás”, aseguraban Dyson y Reed para Wired. En 2008, descubrieron por casualidad estos estudios y se inspiraron en la actividad de Kiverdi, una startup que recicla el CO2 con microbios para producir alternativas a los aceites de palma o de limón. 

 

Así fue como en 2019 nació su propia startup, llamada descriptivamente Air Protein y que tiene como misión conseguir que nos comamos nuestro CO2 pero con el formato de un jugoso bistec o incluso un filete de salmón. 

 

El proceso de producción es, en realidad, no tan diferente del que acaban saliendo los yogures y utiliza las mismas bacterias descubiertas por la NASA hace medio siglo -en este caso unas que metabolizan hidrógeno- en un tanque de fermentación al que entran CO2, O2, agua, nitrógeno y minerales. 

 

El resultado es una pasta muy rica en en proteínas que, a posteriori, deberá transformarse en diferentes productos alimentarios utilizando técnicas culinarias para darle diferentes sabores y texturas. 

Carne negativa en carbono

Todo el proceso es negativo en saldo de carbono, pero además el ahorro que permite de otros recursos es gigantesco, pues producir cada kg de carne requiere de 1,5 millones menos de uso de terreno y hasta 15.000 veces menos agua que en la ganadería intensiva. 

 

Es necesario recordar que la carne de ganadería intensiva y la de extensiva -de la que hay y mucha en España- no tienen en absoluto la misma huella de CO2, pues es en la producción industrial -intensiva- donde se explotan recursos de cualquier sitio del planeta. 

 

Al lo mejor, si queremos seguir teniendo un planeta donde vivir, habremos de acostumbrarnos tarde o temprano al sabor de la carne de laboratorio. CO2 para producirla, desgraciadamente, hay más que de sobra. 

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